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Reflexiones, El valor del agua

Lic. Alejandro de la Madrid Trueba

Cuando pienso en lo afortunados que somos por tener agua en nuestros hogares, me indigna pensar que algunos de nosotros todavía la tiramos como si no tuviera valor, me viene a la mente un viaje que realicé en la Semana Santa de 1998 con los misioneros de la iglesia católica, a una comunidad cercana a Ixtapan de la Sal donde vivían aproximadamente 80 personas.

Sus habitantes veían como algo ordinario la falta de agua; en la pequeña comunidad de Yautepec existían alrededor de 20 casas esparcidas en aquel paisaje árido. 
El lugar era muy seco, no había llovido desde hacía varias semanas, la falta de agua era una realidad, la gente caminaba hasta hora y media para ir a traerla, en el mejor de los casos en el lomo de una mula con garrafas y en el peor con una cruceta atravesada en los hombros de la cual colgaban 2 viejas cubetas.

Fuimos alrededor de 30 jóvenes que nos enteramos por medio de una convocatoria de los padres de la Universidad Anáhuac de Xalapa.

Salimos un sábado a medio día para llegar a México D.F., alrededor de las 11 de la noche al Colegio Cumbres; allí mismo llegaron otras decenas de autobuses concentrando más de 2000 jóvenes en los patios y gimnasio de la escuela. 
Recuerdo el frío de la noche y lo apretados que estábamos porque pasamos la primera noche en el piso de un salón de clases, nos bañamos y aseamos en las regaderas del colegio, sin imaginar que serían los mejores baños que utilizaríamos en todo el resto del viaje.

Al siguiente día, domingo por la mañana, nos reunimos en La Villa, el famoso Santuario, la Basílica de Guadalupe. Aquellos miles de jóvenes nos disponíamos a recorrer alguna comunidad de la iglesia católica en algún lugar del país y hasta ese momento, nadie sabía a donde iríamos.

Después de la misa y la bendición respectiva subimos a los transportes, nos avisaron que iríamos a las comunidades de Ixtapan de la Sal.

De los miles que éramos quedamos alrededor de 30, recuerdo que ese viaje duró 3 o 4 horas desde la Ciudad de México a Ixtapan, a donde arribamos justo al anochecer. El padre del lugar nos invitó a cenar, finalmente se dividió el grupo en cuatro equipos, ahora éramos ocho.

Pasada la cena llegó un oriundo del lugar quien nos trasladó en una camioneta vieja hasta una comunidad encajada en las montañas, a la que llegamos después de unos 45 minutos. En plena oscuridad nos llevó a una pequeña capilla, la cual tenía una cadena atada con un candado; lo abrió, se oían perros a lo lejos, pronto llego una persona a quien le dijo que éramos los misioneros que mandaba el Padre Miguel, el párroco de la ciudad, subió a la camioneta y se fue.

En ese momento empezó nuestra verdadera misión: esa noche la pasaríamos en la vieja capilla, entre el altar, los santos, el polvo, el olor a viejo y cemento húmedo. 
Dormimos sobre las bancas; pasamos la noche con un calor impresionante y sin mayores comodidades.

Al despertar, descubrimos la realidad, la pobreza del lugar, casas muy humildes esparcidas en los cerros, una casa a lo lejos, otra en una loma, separadas una de la otra por unos trescientos metros; caminos que se perdían en aquellas montañas dirigían a las demás viviendas que por ahí se encontraban.
Unos cuantos animales entre gallinas, un cerdo y un burro amarrado al poste que sostenía la cruz de aquella vieja capilla.

Por ahí apareció doña Juana, cubierta de polvo, descalza y con la piel reseca y agrietada, al vernos con una gran sonrisa nos dio la bienvenida, generosamente nos llevó a su casa a desayunar frijoles, tortillas, café y un poco de huevo.

Más tarde nos reunimos con la gente del pueblo que se había concentrado en una pequeña cancha en espera de nuestra llegada.

Nuestra primera misión fue recorrer las casas de la comunidad para invitarlos a las jornadas de trabajo todos los días en la tarde, recuerdo que armamos varios equipos, a mi me correspondía entretener a los niños, hacíamos juegos mientras las madres de familia rezaban el rosario y hacían jornadas educativas.

Nuestro trabajo era convivir con la gente olvidada en aquel remoto lugar, también teníamos que preparar las festividades de la Semana Santa.

En el pueblo se repartieron las labores, hicieron una lista y cada uno de ellos se turnaron para invitarnos a desayunar, comer o cenar; admirablemente todos nos querían invitar, además, raramente llegaba alguna persona a ese lugar.
Al paso de los días conocimos a toda la comunidad, como era de esperarse todos los misioneros enfermamos de diarrea, recuerdo que la gente humilde estaba feliz con la visita de aquellos jóvenes, allí no había camión, no era paso obligado hacia ningún lugar, solo habían dos coches en el pueblo, un camino por el que nada circulaba excepto los niños y algunas mulas que caminaban por allí. En una casa vendían refrescos, galletas y algunos productos básicos.

El agua era común para nosotros, todos cualquiera que sea el caso de los misioneros en nuestras casas teníamos agua entubada, fría y caliente, incluso muchos de nosotros nos damos el lujo de tirarla o malgastarla, mientras que en aquel lugar una pipa llevaba el agua ¡sólo una vez por semana!

Allí nos bañábamos todas las tardes con cubeta, porque en las mañanas el frío era insoportable, las tazas de baño eran agujeros con forma de asiento que conducían a una fosa séptica, que como se podrán imaginar olía horrible.
Recuerdo que en ninguna casa había agua entubada, mucho menos llaves, ni drenaje, el agua del pueblo la acarreaban cada uno de ellos y caminaban hasta hora y media para ir a traerla.

En aquel fascinante viaje aprecié todo lo que en ese momento tenia en mi hogar, extrañaba mucho mi cama, la televisión, el baño y sin lugar a duda aquel gran lujo que tenia en mis manos varias veces al día y que ignoraba por completo: “una llave con agua”:

Qué una, tal vez 5 o 6 repartidas por toda la casa, en los baños de las recámaras, la cocina, el garaje, el patio trasero y el jardín, sin olvidar el lavadero y por supuesto el cuarto de servicio y que además de todo surtían agua a presión y con el gusto de regular su temperatura e inclusive tirarla para dejar sentir su vapor, “¡oh, qué gusto!, ¡qué lujo!, qué ironía” me dije a mi mismo, no se diga de la increíble ducha en la que regularmente me bañaba todos los días.

Quise comentar acerca de este viaje porque me hizo valorar la importancia del agua, es tan común y ordinaria para nosotros que hemos olvidado su valor, la contaminamos, la desperdiciamos o tiramos cuando toda vía en este país hay millones de personas que no se pueden dar el ese gran lujo que nosotros, usted, lector, nos damos.

¿Hasta cuándo lo vamos a entender?
www.salvemoselagua.org